La "Uni" de Markina registra un entrada histórica en el Día del Carmen.
Bereikua se luce ante un irregular Lejardi y el joven Erkiaga vuelve a ganar.
Lunes. Día del Carmen. Markina se lanza a la calle y la música suena por doquier. Hace calor, pero es soportable. Los mariachis se aprestan para el pasacalle vespertino, pero se encuentran con una peregrinación curiosa, un gentío que se acerca paulatinamente a un viejo edificio, un edificio que no delata lo que acontece en sus entrañas: pasión. Pasión por un deporte centenario, pasión por la tradición genuina y pasión por un recinto que se diferencia del resto con un diminutivo curioso: “la Uni”.
Cascos brillantes, uniformes limpios, pantalones blancos… Los pelotaris no pueden esperar más y miran a la cancha con la misma ansia con la que los leones del circo romano miraban a los pobres cristianos. Quieren saltar, quieren jugar, quieren tirarse a la fría cancha de la universidad de la pelota y sentir ese pequeño dolor, amortiguado por las coderas. Quieren ser gladiadores por un día, héroes o villanos, y este es el Circo Máximo, la arena de los deseos; llevan consigo un arma legendaria, un cesto de mimbre cosido al milímetro, una herramienta mortífera y bella, una prolongación de sus brazos y manos.
La gente empieza a llenar las gradas y se respira mimbre por todos lados. Nadie quiere perderse el espectáculo. Pero primero hay que saludar a los viejos amigos, a las leyendas vivas de la cesta-punta, a los dirigentes locales, a los federativos… Y tomar algo en el bar. Un “gintonic” quizá, algo que apague el calor. O agua, que no deja rastro.
Pero ya se escucha el eco del “clac-clac”, esa claque pausada y lejana que retumba en las bóvedas del frontón y que anima a los presentes a asomarse a la cancha.
Saltan juntos Erkiaga y Goitia, de rojo. Aritz Erkiaga lleva cuatro partidos ganados y uno perdido desde su debut. Es joven, frío y sabe medir sus pasos y sus remates. Además, le acompaña Goitia, y eso le reconforta. El aulestiarra falla poco y manda mucho, y Erkiaga necesita aún que le manden. Tras ellos salen Zen y Pradera. Zenarruzabeitia es el hombre de la cabeza gacha, parece que siempre está tramando algo maquiavélico. Pradera es como un tótem, pero su sonrisa es de caramelo.
Cogen ventaja los de azul (4-6 y 8-11), pero no tardan en reaccionar los “colorados”. Erkiaga suelta su costado y Goitia aguanta bien las embestidas de Pradera, que muestra cierta irregularidad en su juego. Zen se enreda consigo mismo y por cada tanto marra otra pelota. Dice que no con la cabeza, que así no. E insiste. Pero son rocosos Erkiaga y Goitia, y acaban sumando cuatro tantos más que sus rivales (30-26). No es un partido de campeonato, no es Master ni Gran Premio, no hace falta. Se han dejado los bofes en la cancha fría.
Guerra de saques
El público aprovecha el receso para refrescarse en la barra del frontón. Los cuatro puntistas buscan la ducha fresca y otros cuatro piden el relevo. Saltan a la cancha tan afanosos o más que los anteriores. El calentamiento ha dado sus frutos: están sudando. Ahora solo se trata de cogerle las medidas al toldo de arriba y a la chapa, saber a qué distancia se encuentra la contracancha y ver si el rebote queda tan lejos como aseguran los veteranos. No es para tanto. No quieren mirar a las gradas, prefieren el amparo de la pared izquierda. Las gradas están repletas de susurros.
Bereikua y Arriaga se hablan. Hay que entenderse, no hay otra. Lejardi hace esgrima con su costado, probando el dos paredes imposible, y su compañero López le mira desde sus dominios, los cuadros “largos”.
Jueces, desfile y saludo. Morituri te salutant. No, no van a morir, pero se matarán por ganar.
Siete y veinte de la tarde y nadie repara en el calor. Hay algo más inquietante ante las pupilas, una bola blanca y endiablada que no deja de sonar a piedra seca, que no deja de recorrer la cancha de un lado a otro. Y cuatro hombres tratando de cazarla. Sobre todo ellos, los delanteros. Son cazadores natos. Tienen un olfato especial para atrapar el saque del rival, y la guerra se centra en eso. Tanto Lejardi como Bereikua saben que ahí reside gran parte de su poder, y se esmeran: primero por eludir al rival, después se esfuerzan en cazar la jugada inicial. Una bella pose, la del cazador agachado y con las dos manos sobre la xistera. Una triste mueca, la del cazador cazado. Bereikua le gana la partida al pequeño “mago” de Bolibar; el de Berriatua es más efectivo, más contundente, más despiadado.
Pero no están solos. Atrás se libra otra batalla, menos cruenta, menos espectacular, pero igual de admirable. Arriaga se sube por las paredes, repta y encesta todo aquello que parece imposible, facilitando la labor a su compañero Bereikua. López le mira pero no descubre sus pensamientos. Eso no. Él es de piedra. De mármol. Pero de Zumaia. Ni un aspaviento, ni un gesto, ni un diminuto guiño sale de la cara impasible de Imanol López. Él hace su trabajo, anima a su pareja, y juega como si no tuviera ninguna prisa. Claro. 23 años. Tiene todo el tiempo del mundo. Pero a ratos, cuando todo lo que sucede en la cancha parece lógico, saca su derecha y cruza fuerte en el ocho, de lado, como una guadaña, y la pelota acelera y se pierde en el rebote.
Aguantan hasta el 21-19, pero esta tarde no es azul. Lejardi se apresura a terminar con todo y termina maltratando la chapa baja, mientras que Bereikua se desquita de cada dos paredes de su rival con esas dejadas sublimes que se extienden en el tiempo y acaban muertas en el “txoko”.
34-26. Falta poco. El público aprueba el esfuerzo de los cuatro contendientes y aplaude el último saque. No sabe que le espera lo mejor, no sabe que hay una guinda de regalo para este día especial, la puntilla, el cenit. Lejardi se esmera y su revés llega a rebote, se abre un poco y Bereikua resta de costado desde el ocho, casi en la contracancha. El de Berriatua no se lo piensa (esas cosas no se piensan) y aprieta el gatillo: una cortada de costado al “txoko” que casi roza la chapa y que deja clavados a sus adversarios. 35-26. Aquí las cifras sí que cuentan, pero no tanto. Es más justa la épica, aunque no se trate de una ciencia exacta. La gente aplaude, grita, silva, se levanta entusiasmada. Es el aura de las grandes citas, y el Día del Carmen
es la gran fiesta de la xistera.
Los pelotaris se retiran y las gradas se vacían. Todo se relaja, queda el silencio, que algún día desvelará toda la gloria que encierran esas sufridas paredes. A quien quiera escuchar, a quien sepa escuchar.
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